Viviendo lejos se da uno cuenta de muchas cosas. No sólo de que no se sabe lo que se tiene hasta que se pierde sino de las particularidades de la cultura en qué crecimos.
Nuestros amigos latinoamericanos nos han preguntado muchas veces a qué se debe la relación lingüística de los colombianos con los animales. El infiel es un perro, el chismoso un sapo, el atento está abeja, el ocupado tiene mucho camello, la fea es un bagre, la esposa una culebra, las “otras” unas lobas o gatas y el que no entrena para la maratón puede hace el “oso” como mi hermana. Aquí estoy yo también escribiendo de Chema y los cangrejos cuando nadie puede imaginarse a nuestro Papá sin pensar en los caballos.
Don Leo fue el último caballo que montamos juntos antes de que yo me fuera con mi Pecado a vivir lejos. De sangre Argentina y color chocolate lo vi jugar alrededor de Chema como juega un perro con su amo pidiendo comida. Como su papá Don José Luis Buendía, a quién le decían el Señor de los caballos, Chema heredó el don de leer el espíritu de esos animales. No es un aficionado más, un equitador, un importador de caballos. Es un hechicero del que aprendí las cosas más importantes de la vida por andar persiguiéndolo entre cuatro cascos. Me enseñó a montar, se burló de mí, me gritó siempre (y no me importó), me quitó el miedo, me exigió hasta el cansancio, me mostró lo valiente que puede ser un hombre y lo vulnerable. Me hizo montar uno tras otro, tras otro caballo. Y así con el mismo fervor me he ido yo por la vida ensillando, montando, domando y saltando obstáculos. He quedado por demás igual de “cacheticolorada” y satisfecha con mis decisiones y equivocaciones. Tan felíz como mi Papá y yo quedábamos al ganar una escarapela, o al tomarnos unas cervezas coronas frias, con sal y limón directamente importadas del baúl de nuestro carro.
Chema creció en una casa grande sobre la Avenida Caracas con un patio enorme en donde estaban los caballos. Era el hotel de la familia. Su Papá Don José Luis venía de Campo Alegre, Huila y con su mamá María Teresa (por quién Mayaté lleva su nombre) tuvieron a Chema y sus ocho hermanos. Los tragos y los cigarrillos que jamás se fumó Don José Luis, fueron adjudicados y bien disfrutados por el protagonista de esta historia. No vayan a creer que estoy diciendo que es esa la razón por la cual Chema se ganó sus cangrejos. No. Ni siquiera. Ojalá fuera tan sencillo poderle echarle la culpa a ese par de adicciones. El cangrejo llegó de lado con hipocresía por la razón que siempre llega. Porque como en todos nuestro cuerpo está predispuesto y por un poco más de esto o menos de aquello que nadie precisa.
Mientras Don José Luis se dedicaba a la sastrería, importando paños ingleses y viajando alrededor del país a visitar a clientes para hacer trajes sobre medidas, Teresita se dedicaba a la repostería en la “Panadería y Bizcochería Tropical” (predecesora del actual Barrilito) en la Calle 17 # 52-36. Para ese entonces Chema ya daba muestras de su talento comercial revendiendo los huevos campesinos que debía llevar a la panadería de su mamá cuando por supuesto, no se le reventaban por el camino. En carro de balines iba también a vender biscochos, pero la posición de conductor, almacenamiento del producto y velocidad del transporte se los dejamos a la imaginación de nuestros lectores.
La Chistosa se llamaba la yegua que Chema montaba de niño. A caballo se iban para la finca todos los fines de semana con sus padres y hermanos en un viaje de casi dos horas. Pero fue la Ninfa la yegua que le empezó a hacer famoso en materia caballos. Le pertenecía a Don José Luis y nadie, absolutamente nadie tenía permiso de montarla. Era una yegua paso fino briosa que Chema osó robarse un día mientras sus papás estaban en una fiesta. En complicidad con sus hermanos fue pescado “in fraganti” en la comisión del delito y cuando sabía que lo único que podía ganarse después de semejante atrevimiento era una paliza, su Papá orgulloso lo felicitó y le concedió el privilegio de compartirla.
Años más tarde diría yo en sus treinta Chema, siendo ya el padre de sus hijas, compró con el fruto de su trabajo a Don Chema, su primer caballo de salto. Desde entonces ha tenido más de veinticinco y y de Argentina ha importado casi trescientos. Son trescientos sus clientes y amigos que le han confiado a sus talentos la consecusión de sus equinos. Yo en Estados Unidos no he podido volver a montar. No sólo porque los recursos económicos nos son suficientes para darnos ese lujo sino porque acariciar una crin sin ver a través los bigotes de Chema no tiene para mi sentido alguno.
Éramos él y yo. Un padre y su hija del medio, hablando un lenguaje llamado caballo. Mi mamá y mis hermanas todavía no lo entienden…
Quiera Dios que en este mundo etereo donde las ilusiones son bálsamo, que el espiritu de esos animales que montó Chema y que ahora galopan en el cielo, aplasten con sus cascos los cangrejos.