Wednesday, March 23, 2011

La estupidez en perspectiva

Un lunes del año 1993 mientras trabajaba yo en el Museo de Arte Moderno de Bogotá como asistente de curaduría de exposiciones arquitectónicas, explotó el carro bomba frente al teatro Olimpia a sólo una cuadra de distancia de mi edificio. Lo recuerdo hoy pensando en Japón, las vidas perdidas y las que quedan sobreviviendo  las consecuencias de un quejido de la madre tierra.  En la vida de Papá luchando contra un cangrejo detestable. En la dura cotidianidad de mi mamá a su lado dedicada a sanarlo y las miles de veces que ella pide que pongamos las circunstancias en perspectiva y dejemos las estupideces.
Estupidez (definición) : Torpeza y lentitud notable en entender las cosas
Cuando explotó aquella bomba del Teatro Olimpia en Bogotá ( una de muchas que se nos volvieron costumbre) salté instintivamente a refugiarme bajo el escritorio. Los cuadros sobre las paredes y los objetos de las mesas se cayeron al piso. Había polvo dentro de mi oficina y través de la ventana no se veía nada. Abrazada a mis rodillas el latir desaforado de mi corazón me mecía mientras analizaba la situación. Yo creí por un momento que el bombazo había sido en el museo pero no. Sabía que me tenía que tranquilizar y salir a ayudar si se podía pero no fue necesario.  El timbre del teléfono me sacó del trance; era mi novio a informarme que la bomba había sido en el teatro y que él ya estaba dos cuadras montaña arriba esperándome. Treinta minutos más tarde yo estaba sana y salva, y el pánico del momento se había desvanecido.  
Una bomba más del narcotráfico nos había rozado la vida levemente sin quitárnosla. La misma bomba había matado y herido a muchos otros colombianos.
El once de Septiembre del 2001 yo llevaba treinta y cinco días viviendo en Atlanta. Trabajaba en el centro de la cuidad en un edificio de concreto sin ventanas donde toda la luz le entraba por la marquesina del vacío central.  A las 8:15 a.m. el tren que me llevaba todos los días se metía bajo la tierra y hasta el final de la tarde que regresaba por el mismo camino yo no volvía a ver la luz del sol. Era mi primer trabajo en los Estados Unidos en una joyería de casi 300 metros cuadrados  y el primer indicio de que el destino se iba a empeñar en alejarme de la arquitectura. Todavía estaba perdida en los costumbrismos de mi segunda lengua y los términos de la industria joyera tan nuevos para mí.
La mañana de aquel día mientras yo organizaba joyas, consciente de que una de las torres gemelas ya estaba bajo las llamas, mi Jefe dió órdenes a todos los empleados de poner toda la mercancía de nuevo en la caja fuerte e irnos de inmediato para la casa. Tenían todos la misma cara de pánico que yo bajo el escritorio del museo pero a mí me parecía una “estupidez” el tamaño de la reacción si no estábamos en Nueva York sino en Atlanta. Deberían sentir alivio, prender la noticias, revisar si los familiares y amigos se encontraban bien y seguir trabajando. Cómo iban a saber ellos el entrenamiento que los colombianos que bailamos y trabajamos por entren las balas? (dicho popular).
Bajé corriendo a tomar mi tren sola y en una estación donde usualmente es imposible caminar sin toparse con otros cientos de seres humanos, no había absolutamente nadie. Creí por un momento que el fin del mundo había comenzado. Esperé interminables minutos el tren que apareció como de costumbre  y dentro del tren no encontré a nadie.  Pasaron cinco estaciones hasta que finalmente se subió otra persona.  No nos salieron palabras pero con mirarnos nos dijimos todo. Quizás eramos los únicos dos sobrevivientes de alguna catástrofe. Al salir del túnel subterráneo la cuidad se veía la misma. A mi nuevo mundo no lo había pasado nada.
Al día siguiente volví al trabajo y nadie me abrió la puerta.
Dos días después volví al trabajo y nuevamente, nadie me abrió la puerta.
Al tercer día una llamada me confirmó que la joyería estaría cerrada por una semana.
Una bomba más de los talibanes me había rozado levemente la vida sin quitármela. La misma bomba había matado y herido a muchos neoyorkinos. Le había robado la inocencia a los Estados Unidos que descubrieron ese día lo que significa la palabra terrorismo. Las estupideces de una vida capitalista y materialista se desvanecieron.
En noviembre de 2010 nuestra familia estaba planeando pasar la navidad juntos en Chicago. Juntos todos por otra vez después de diez años cuando recibimos el cambio de siglo en Venezuela. Mayaté acababa de mudarse de Suiza a los Estados Unidos y la distancia que nos separaba ahora hacía el encuentro posible. Nuestros padres, Majusé y su esposo Piloto llegarían en avión a Chicago mientras mi familia y yo manejábamos trece horas hacia el norte. Chema estaba preocupado por la nieve pues detesta aguantar frió y llevaba ya un par de meses con una gripa sospechosa. Como todas las familias hablábamos de cómo acomodarnos en la nueva casa de mi hermana mayor, qué cocinar, qué sitios ir a conocer, qué ropa llevar para la nieve. Haciendo lista de regalos, empacando las maletas y preparándonos para poder dejar el trabajo sin consecuencias.
La gripa de nuestro Papá resulto ser la metástasis  del cangrejo. El encuentro familiar lo logramos un día después de Navidad todos reunidos a su lado. Estar ahí para él, era más que suficiente.El cáncer fue el bombazo que nos atropelló la vida para cambiarla. El mismo cáncer que ha matado y herido a hombres, mujeres y familias alrededor del mundo.
Todo cobra otro sentido cuando de la vida y la muerte se trata, pero no todos tienen la culpa de que su destino sea un paraíso y no puedan entender las diferencias.

Wednesday, March 16, 2011

Sutinib malate y un cangrejo atrapado

Muchos días sin escribir. Por problemas de conexión a la red que nunca faltan ni en los países más civilizados y por una leve angustia que me tenía trabadas las palabras. En Colombia se conoce como silencio administrativo, ese que poco tiene que ver con lo que expresamente contempla la ley, pero que usamos tan a menudo para excusar diplomáticamente la espera por una sentencia  o una retaliación de tipo sentimental. Así somos los colombianos. Haciendo malabares con las palabras para hacer de la vida diaria una fiesta.
Mi silencio administrativo sin duda tuvo que ver con el internet, pero más con no saber que decir esperando saber sobre los progresos en la erradicación del cangrejo del nuestro Papá. En estas cuatro décadas de existencia que ya tengo es un hecho que me trabo, me aíslo, me silencio y descargo mis energías en las exigencias de la vida diaria y el trabajo para acabar con las horas de espera más rápidamente.  Hoy sabemos que después de la última sesión fotográfica del cangrejo, el animal se está muriendo de hambre y no se ha reproducido. El alacrán azul de Cuba lo tiene encapsulado.  El hechizo del “sutinib malate” (1) y la oración familiar de las seis y treinta de la tarde  están funcionando.

El pasado domingo en mi casa los relojes se adelantaron una hora como siempre al llegar la primavera. Nos cuesta un par de días acostumbrarnos a levantarnos sin la luz del sol y verla irse tarde por la noche. Los árboles florecidos nos tienen los ojos irritados, las vías respiratorias inflamadas y el cerebro congestionado. Aunque sucede cada año es un placer ver salir los distintos tipos de flores en el mismo orden cada vez como obedeciendo una apretada agenda celestial que dicta que se hace cada semana en la primavera. La temperatura ya nos hizo guardar los gorros, guantes, medias de lana y abrigos pesados. Los parques ya están llenos de niños y los caminos peatonales con gente en bicicleta, caminando, trotando. Como bien se dice nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde y en esto de disfrutar moderadamente el cambio de estaciones en Georgia es un goce extrañar el sol mientras se aleja en el invierno. Una estación se pierde cada cuatro meses pero con la garantía de que vuelve justo cuando más la estamos extrañando. Ojalá así fuera todo en la vida.
Mayaté en su nuevo hogar todavía recibe copos de nieve. Los vientos de Chicago prometen recordarles durante todo el año que su familia está más cerca al polo, a los lagos del norte y que eso tiene sus consecuencias. Pero entre viento y nieve ella ya está entrenando para su “Teretón pro- Chema”.  Viste de naranja todos los viernes para crear conciencia sobre la existencia del cangrejo renal que atacó a mi Papá y ayuda a otras víctimas alrededor del mundo a erradicar el animal. Tiene ya una amiga en Inglaterra luchando contra el mismo cangrejo que se toma sus pastillas como Papá a las seis y treinta de la tarde con la esperanza de que nuestra fe la cobije y se mejore.  Quiera Dios que así sea.
El pasado sábado Mayaté corrió con su niña la primera maratón de entrenamiento.  Orgullosos estamos todos nosotros de semejante progreso. No sólo llegó veinte minutos tarde a la salida (que según ella cual partidor de caballos en hipódromo) sino que fue tal la furia que corrió como una gacela y llegó a la meta en una posición bastante decente. Tienen ustedes que imaginarse por favor a nuestra Mayaté diciendo repetidamente su grosería favorita mientras corría, a nuestra Rebe persiguiéndola con el cachete incendiado de calor rogándole que fuera más despacio y la sorpresa de ella misma de verse llegar a la meta sin desmayos y dichosa. El que diga que un espíritu convencido no lo puede todo es un mentiroso.
 A través de la Asociación del Cáncer de riñón ya tenemos implementada una página para recolectar oficialmente los fondos que todos ustedes nos han ofrecido. Se me hincha este corazón de recordarlo y me faltan como siempre suficientes palabras de agradecimiento.


Nuestro Chema está mejor.
Qué felicidad poder decirlo.
Ese cangrejo que osó instalarse en su riñón es considerado el más hipócrita de todos. Se queda completamente callado hasta que envía a sus hijitos a estudiar al exterior y pedir residencia en otros órganos.  Pero a diferencia de otros y para perdonar su timidez maldita, es el único cangrejo que al sentirse atacado da la orden mágicamente a su descendencia desterrada de retirarse y desaparecer. Ese es hoy nuestro caso.
Un milagro sin precedentes con tan sólo dos meses de haberse iniciado el tratamiento.