Wednesday, November 2, 2011

Al cielo se va montando a caballo...

Es menester pero no deber terminar esta historia.
Hace meses cuando concluí que el cangrejo iba a convertir a mi Papá en un ángel del cielo, el dolor y la impotencia tenías presas mis palabras. Pero hoy todo es distinto. El dolor de siempre es ahora mi amigo y empuja con fiereza a este amor de hija a contar con dulzura cómo fueron los últimos días de mi padre.
En un mes previsible, una mañana conveniente y una fecha escogida como los números de sus loterías, se van de nuestra vida Chema y sus cangrejos. Arrullado por canciones de cuna y sostenido como un ligero globo de papel, se desprende de las manos de su mujer y sus tres hijas entre palabras de amor y silencios. No quedo nada sin decir. Nada pendiente. Su vida fue nuestra y su muerte también. Cesó el latido de su corazón pero el amor quedó flotando como si no hubiera pasado nada.
Mi corazón aún se recupera y puede que aún no piense muy claramente porque mi persona favorita ya no comparte esta tierra conmigo. Pero no puedo dejar de asociar el nacimiento de mis hijos con la muerte de mi padre…las mismas emociones tan presentes en cada momento pero en proporciones tan distintas. La misma espera de un día particular en que llegue el alivio a través de un dolor indescriptible. La misma fatiga posterior que viene con la maternidad y la orfandad.  La magia de la vida que nos llena de entereza, nos resuelve mil respuestas y nos devuelve mil preguntas.
Chema se fue al cielo montando a Don Leo, su caballo favorito.  La noche que me vio regresar de Atlanta a visitarlo sus ojos se llenaron de luz cuando le dijo a mi hermana menor al verme: “ella si sabe dónde están los caballos”. Yo me acerque y le confirmé que Don Leo estaba abajo  y le pregunté que si quería que le pusiera la montura. Asintió con sólo mirarme, como siempre lo hizo. Podíamos entendernos sin hablarnos. Un lenguaje equino por así decirlo, batidos de cola y movimientos de oreja mudos.  Bajé por breves minutos pretendiendo por él que todo era realidad y muy obediente subí a decirle que el caballo estaba listo para cuando él quisiera irse…
La muerte de Chema estuvo ES-PEC-TA-CU-LAR (palabra dicha por él pausadamente cuando las cosas los ameritan) y bien quisiera yo que la mía propia y la de muchos fuera tan especial. El nació en su casa y se fue en su casa con la ayuda de los suyos.  Un empujón para nacer y un empujón para irse tras tres suspiros de ese aire que le costaba respirar. Nuestras  ocho manos lo estaban tocando, nuestros ocho ojos los estaban mirando y nuestro corazón sintió alivio de que finalmente Chema hubiera aniquilado con su muerte a ese cangrejo mal nacido.
Era una pluma mi Chema cuando se fue, pero su espíritu digno, guerrero y amoroso estuvo allí enorme y enaltecido a pesar de la prueba que le tocó. Sin una queja en nueve meses que duro su enfermedad. Quizás la única acompañada de una lágrima desobediente que se resistía a vernos sufrir por su causa. Nos dejó todo el amor, todo el ejemplo, todo su arduo trabajo que nos hizo una princesas Buendía y como en todas las familias que se pelean las herencias nuestra única discusión entre hermanas fue por su cobija favorita.
Y como me cuesta escribir sin llorar a mares concluyo estas historia honrando a mi hermana María Teresa por quién empezó este blog.
Ella se ganó mi maratón.
No por las cuarenta y tres millas de Chicago que se ando entre trote y paso alargado sin que nadie apostara un peso por ella, sin entrenamiento alguno y sin el zapato apropiado. No por los más de mil quinientos dólares que recolecto para la Asociación de la lucha contra el cáncer de riñón cuando nunca creyó que fuera posible. Por eso y por el camino que recorrió viajando cinco veces entre Chicago y Colombia para acompañar a nuestro Papá, empacando y desempacando hijos, vistiéndose cada viernes de naranja, superando dolores, temores y cansancios que sólo ella conoce.
Hace un año cuando Chema aún estaba sano ella era una mujer estrenando una nueva casa en un nuevo mundo. Hoy día es mejor mujer, mejor hermana, corre maratones, abanderada por la lucha contra el cáncer, conecta mundos. Una mujer naranja dispuesta a ayudarnos a todos cuando la necesitamos.
La envidio porque quizás reconoció su  vocación gracias a este cangrejo.
Gracias a mis lectores, mis amigos y a mi familia por acompañarnos.
Fin

Tuesday, October 4, 2011

María Te corre su maratón el domingo

Aún no me salen las suficientes palabras para terminar estos escritos de la forma en que se merecen....

Pero entre tanto comparto con ustedes la inspiración inicial. Mi hermana María Teresa corre la maratón de la Liga contra el cáncer de riñon este domingo y adjunto este link donde pueden oir de su voz las razones que la motivaron. Logramos recaudar todos los fondos necesarios gracias a ustedes y estamos logrando sobrevivir sin nuestro Chema gracias a ustedes....

http://t.co/ztEmSYOT

Saturday, April 30, 2011

El dulce sabor del chisme

Hoy concluí que la humanidad es antipática por naturaleza. Está en nuestra condición ser adictos a la novedad y el placer de sus efectos secundarios en busca de un chorrito de adrenalina en el sistema que nos recuerde de forma temporal que estamos vivos. No es más que eso. Una sensación de placer que el gremio médico idéntica como una “traba natural” y cuya producción hoy día se puede estimular de forma natural haciendo ejercicio o pegándose un buen susto, legal con cafeína y otras bebidas energéticas o ilegal con sustancias psicoactivas que no menciono porque me producen rechazo profundo.
El chisme es invención mía pero tiene fundamento científico. Tal como los débiles caen en adicciones dañinas igual el resto del mundo no se resiste a ser seducido por el dulce sabor del chisme. Para la muestra un botón: Facebook!  Existen en mi opinión tres tipos de personas en Facebook; las que se esconden porque algo esconden de su vida pasada o presente que pone en peligro su futuro personal o profesional. Las que lo usamos con ligereza como yo para saber y ver a un selecto grupo de amigos y conocidos que en realidad nos interesan. Las que lo usan demasiado porque no tienen mucho que hacer confundidos en la soledad de su propia existencia y que sin darse cuenta son tan adictas a la novedad de un nuevo dato social como lo es quien consume drogas. Estoy hablando por supuesto de extremos. En realidad todos estamos confundiendo comunicación personal con información social. Lo cierto es que los correos electrónicos se olvidan en minutos mientras el calor de los abrazos dura toda la vida.
Pero así como hay chismes buenos es deber reconocer que los chismes malos tienen efectos más placenteros y duraderos. Por eso en las noticias y los periódicos los titulares son calamidades y no festejos, matrimonios, nacimientos o descubrimientos.  No sólo resulta más interesante para la humanidad entera sino que es un negocio impresionante. Esa sensación de corazón arrugado viene con una inmediata descarga de adrenalina que nos obliga a dispersar el chisme. A pesar de nuestra educación y condición social nuestro software corporal disfruta hablar del prójimo.  Es una necesidad tan natural como saciar la sed y alimentarse. La verdadera esencia de nuestro espíritu se revela en nuestra actitud respecto a las desgracias de los demás. En el respeto con que se comparte el dolor ajeno, con el que se silencia un rumor para proteger la reputación de otro o con el valor con que se enfrenta una mentira o la tergiversación de la verdad de boca de un adicto al chisme.
Nuestra familia atraviesa por momentos difíciles.  Fuimos el chisme del fin de año pasado cuando la novedad era un cangrejo posesionándose del cuerpo de mi Papá. Nosotros mismos nos envolvimos en esa red del “corre,ve y dile” que nos hizo sentir tan acompañados. Mientras la noticia se dispersaba nos contactaban de todas partes del mundo succionando información que por repetición se volvió para nosotros una prosa aprendida. Pero los efectos placenteros del chisme, como los de un buen regalo de parte del marido, duran en promedio dos semanas. Ya han pasado casi cinco meses y nuestro Chema sigue en la lucha. Aunque ya no somos la novedad para nuestro círculo social él es para nosotros el sol de cada día. Las visitas y las llamadas son cada día menos, la soledad y el dolor de estar lejos para nosotras sus hijas mayores cada día más grande.
Pero aquí estamos dos mujeres insistiendo en escribir, en vestir de naranja los viernes, en correr una maratón para recaudar fondos en la lucha contra el cáncer. Quizás para que no nos olviden, para que nos ayuden con su propia experiencia, para que compartiendo la nuestra se preparen por si algo similar les pasara. Para que nuestro Papá no se sienta tan sólo y aburrido.
Mi vida en Estados Unidos no es fácil pues demanda un esfuerzo físico de mi parte mil veces superior a mi delgado cuerpo. Pero es la vida mía que he querido y construido con tanto esmero. Gracias mi Papá y a mi Mamá que nos cuidaron como si fuéramos de pastillaje - hechas a mano con polvo de azúcar y un amor desmesurado - promover la felicidad y bienestar de mi hijos es ahora mi mejor proyecto.  Las dosis de adrenalina para mí están agotadas. Que salga el  sol y despertemos todos bajo el mismo cielo es más que suficiente. Que respiremos el mismo aire que respira nuestro Papá aunque a kilómetros de distancia me basta. Que la culpa no me mate en esto de sentir que he abandonado un pedazo de mi familia por inventarme la mia propia....

Friday, April 8, 2011

Colegios-lejos y amigos

Nuestro Papá creció con nueve hermanos aunque no por mucho tiempo. Su hermana Beatriz por quien en parte yo llevo mi nombre, se volvió ángel con sólo cuatro años para adornar con lágrimas los pesebres de su familia cada diciembre. En un día de Navidad pensó tal vez que la pólvora de unos totes la podría hacer luminosa por dentro y se los comió. Chema tendría un par de años más que ella. Empezó así a coleccionar hermanos en el cielo. Hoy día a sus setenta y tres años tiene una colección de siete hermanos ángeles.
Pero hubo un momento en la infancia de Papá en que todo era casi perfecto. Los nueve descendientes Buendía Guzmán manteniendo ocupada a su madre quién nunca tuvo la oportunidad de decidir si querer o no un hijo. Ellos llegaban por añadidura. Por noches locas con copas o sin copas, por un beso arrabalero con lengua, remolino y babas, porque si y porque no; los hijos eran tan naturales como levantarse por las mañanas. Yo por el contrario tuve que equivocarme de primer marido y luchar con fiereza por mi sueño de ser madre por entre crisis sentimentales, migratorias y económicas. En breve dispuesta a cerrar mi fábrica de bebés definitivamente añorando esa dicha de reproducir el amor y la vida. Un sueño cumplido que implica una vida de retos como el de escoger en un país extraño la mejor educación para nuestros hijos.
Chema empezó su educación donde las Señoritas Esguerra. Todos sus hermanos fueron allá de niños cuando tenían entre cuatro y cinco años. Mi hija Paz empezó su “maleducación” en  una guardería familiar donde su niñera le hablaba “paisa” y le pegaban gripas cada cinco minutos. Menos de dos meses duró nuestra bebé allá cuando entendimos que mi poco trabajo y la culpa de verla tan enferma no ameritaban el esfuerzo. Pero cuando tuvo un año y medio, y medio podía defenderse sola entró a “la crema de la crema” (nombre literal del colegio) a aprender inglés y a socializar. Las profesoras nos advirtieron que su primera palabra en inglés iba a ser “not nice” como quien dice “eso no está bien” pero muy por el contrario lo primero que oí salir de esa boca para matarme dee risa fue: “come here now” (traduce en español: ven aquí ya). Y entre la crema de la crema ha estado esta hija nuestra que ya tiene cinco años y ya va para colegio grande.  Noches de desvelo nos ha costado decidir cómo educarla en otra tierra después de nuestra experiencia tan distinta en Colombia.
Chema pasó por siete colegios según él se acuerda. En parte porque siempre fue rebelde como dice él y sobre todo porque una familia tan grande tenía que ajustarse a los recursos disponibles y a una madre sin experiencia que había visto partir a su esposo demasiado pronto. Don José Luis murió de 52 años de un infarto cardiaco al levantarse después de amarrar sus zapatos.  Chema era un niño de siete años y no entendió por un momento que la risa imparable de su adorada hermana Solita era un sollozo imposible de controlar al ver a su padre morir en sus brazos. Vagos recuerdos le quedan aún de haber ido a despedir a su papá a la iglesia y quedar con la impresión de haberle visto por última vez….demasiado morado.Yo sé que él siempre extrañó crecer con su padre. Lo sé porque su nostalgia lo convirtió a él en un Papá inigualable y en un mejor abuelo.
En la lista de colegios por donde dejó la huella nuestro Chema se suman al kínder de las Hermanitas Esguerra, el del Niño Jesús, El Liceo Central Maruja Talero, Los Maristas, El Virrey Solis, El Saleciano de León tercero y por último – y porque no había más alternativa económica – La Milicia. En mi lista de colegios figura uno sólo como en la vida de muchos mis congéneres colombianos que nunca tuvimos problemas estudiando. Trece años de vida escolar creciendo y aprendiendo bajo el mismo techo y con las mismas amigas. Qué días aquellos oyendo a Carmencita Arciniegas repetir mil veces qué disfrutáramos el colegio que es la mejor época de la vida y vaya si tenía razón.
Mi sobrino Roberto de quince años está estudiando sus tres últimos años de bachillerato en un colegio católico en Chicago después de haber pasado por siete colegios en distintos países. Colecciona amigos y habilidades deportivas con una facilidad sorprendente. Canta como los dioses y pone nerviosas a todas las niñas. Es grande, musculoso y dulce como un caramelo. Adora a su abuelo Chema con un amor casi enfermizo. Se parece a él de muchas formas.
Mi Papá Chema de quince años tenía también tenía una habilidad deportiva impresionante. Fácilmente demostrada cuando enlazaba cual ladrón los caballos de zorra ajenos en los potreros vecinos para poderlos montar con su mejor amigo Jesús Rincón. Con su propio cinturón (como bien hace todavía) atrapaba los caballos por el cuello y los montaba a pelo sin arrepentimiento. Pero este amigo no era compañero de  colegio, no era ningún vecino, conocido de la familia ni de algún primo. Chucho Rincón era un gamín hijo de una familia muy humilde que vivía en la calle.  Tan pobre que Chema lo invitaba a dormir en la cuarto de lavandería de su casa cuando ya se había quedado sin techo. Sin importar su procedencia aún vive en su recuerdo como el amigo con quién paso los mejores momentos de su adolescencia. Nadie aprobaba su amistad pero eso no importó.
Nunca importa. Hay amigos que duran la vida entera o que duran un día.  Pasajeros como una mariposa que sólo se posa en nuestra piel para hacernos cosquillas o permanentes como una peca en la cara. Los mejores como ustedes que me leen y saben las razones por las cuales escribo.
Porque un hombre maravilloso que es mi padre necesita compañeros en su lucha.
Porque hay amigos que lo han olvidado.
Porque tiene unas hijas lejos que les duele no estar cerca para cuidarlo y se niegan a que vivir con un cangrejo indeseable se vuelva costumbre.
PORQUE MAYATE SE VA A CORRER UNA MARATON APOYANDO LA LUCHA CONTRA EL CANCER ESTAMOS RECAUDANDO DONACIONES!
Porque no hay inversión mejor retribuída que querer y ayudar a la gente sin condición. Paga los interese más altos y duraderos.

Wednesday, March 23, 2011

La estupidez en perspectiva

Un lunes del año 1993 mientras trabajaba yo en el Museo de Arte Moderno de Bogotá como asistente de curaduría de exposiciones arquitectónicas, explotó el carro bomba frente al teatro Olimpia a sólo una cuadra de distancia de mi edificio. Lo recuerdo hoy pensando en Japón, las vidas perdidas y las que quedan sobreviviendo  las consecuencias de un quejido de la madre tierra.  En la vida de Papá luchando contra un cangrejo detestable. En la dura cotidianidad de mi mamá a su lado dedicada a sanarlo y las miles de veces que ella pide que pongamos las circunstancias en perspectiva y dejemos las estupideces.
Estupidez (definición) : Torpeza y lentitud notable en entender las cosas
Cuando explotó aquella bomba del Teatro Olimpia en Bogotá ( una de muchas que se nos volvieron costumbre) salté instintivamente a refugiarme bajo el escritorio. Los cuadros sobre las paredes y los objetos de las mesas se cayeron al piso. Había polvo dentro de mi oficina y través de la ventana no se veía nada. Abrazada a mis rodillas el latir desaforado de mi corazón me mecía mientras analizaba la situación. Yo creí por un momento que el bombazo había sido en el museo pero no. Sabía que me tenía que tranquilizar y salir a ayudar si se podía pero no fue necesario.  El timbre del teléfono me sacó del trance; era mi novio a informarme que la bomba había sido en el teatro y que él ya estaba dos cuadras montaña arriba esperándome. Treinta minutos más tarde yo estaba sana y salva, y el pánico del momento se había desvanecido.  
Una bomba más del narcotráfico nos había rozado la vida levemente sin quitárnosla. La misma bomba había matado y herido a muchos otros colombianos.
El once de Septiembre del 2001 yo llevaba treinta y cinco días viviendo en Atlanta. Trabajaba en el centro de la cuidad en un edificio de concreto sin ventanas donde toda la luz le entraba por la marquesina del vacío central.  A las 8:15 a.m. el tren que me llevaba todos los días se metía bajo la tierra y hasta el final de la tarde que regresaba por el mismo camino yo no volvía a ver la luz del sol. Era mi primer trabajo en los Estados Unidos en una joyería de casi 300 metros cuadrados  y el primer indicio de que el destino se iba a empeñar en alejarme de la arquitectura. Todavía estaba perdida en los costumbrismos de mi segunda lengua y los términos de la industria joyera tan nuevos para mí.
La mañana de aquel día mientras yo organizaba joyas, consciente de que una de las torres gemelas ya estaba bajo las llamas, mi Jefe dió órdenes a todos los empleados de poner toda la mercancía de nuevo en la caja fuerte e irnos de inmediato para la casa. Tenían todos la misma cara de pánico que yo bajo el escritorio del museo pero a mí me parecía una “estupidez” el tamaño de la reacción si no estábamos en Nueva York sino en Atlanta. Deberían sentir alivio, prender la noticias, revisar si los familiares y amigos se encontraban bien y seguir trabajando. Cómo iban a saber ellos el entrenamiento que los colombianos que bailamos y trabajamos por entren las balas? (dicho popular).
Bajé corriendo a tomar mi tren sola y en una estación donde usualmente es imposible caminar sin toparse con otros cientos de seres humanos, no había absolutamente nadie. Creí por un momento que el fin del mundo había comenzado. Esperé interminables minutos el tren que apareció como de costumbre  y dentro del tren no encontré a nadie.  Pasaron cinco estaciones hasta que finalmente se subió otra persona.  No nos salieron palabras pero con mirarnos nos dijimos todo. Quizás eramos los únicos dos sobrevivientes de alguna catástrofe. Al salir del túnel subterráneo la cuidad se veía la misma. A mi nuevo mundo no lo había pasado nada.
Al día siguiente volví al trabajo y nadie me abrió la puerta.
Dos días después volví al trabajo y nuevamente, nadie me abrió la puerta.
Al tercer día una llamada me confirmó que la joyería estaría cerrada por una semana.
Una bomba más de los talibanes me había rozado levemente la vida sin quitármela. La misma bomba había matado y herido a muchos neoyorkinos. Le había robado la inocencia a los Estados Unidos que descubrieron ese día lo que significa la palabra terrorismo. Las estupideces de una vida capitalista y materialista se desvanecieron.
En noviembre de 2010 nuestra familia estaba planeando pasar la navidad juntos en Chicago. Juntos todos por otra vez después de diez años cuando recibimos el cambio de siglo en Venezuela. Mayaté acababa de mudarse de Suiza a los Estados Unidos y la distancia que nos separaba ahora hacía el encuentro posible. Nuestros padres, Majusé y su esposo Piloto llegarían en avión a Chicago mientras mi familia y yo manejábamos trece horas hacia el norte. Chema estaba preocupado por la nieve pues detesta aguantar frió y llevaba ya un par de meses con una gripa sospechosa. Como todas las familias hablábamos de cómo acomodarnos en la nueva casa de mi hermana mayor, qué cocinar, qué sitios ir a conocer, qué ropa llevar para la nieve. Haciendo lista de regalos, empacando las maletas y preparándonos para poder dejar el trabajo sin consecuencias.
La gripa de nuestro Papá resulto ser la metástasis  del cangrejo. El encuentro familiar lo logramos un día después de Navidad todos reunidos a su lado. Estar ahí para él, era más que suficiente.El cáncer fue el bombazo que nos atropelló la vida para cambiarla. El mismo cáncer que ha matado y herido a hombres, mujeres y familias alrededor del mundo.
Todo cobra otro sentido cuando de la vida y la muerte se trata, pero no todos tienen la culpa de que su destino sea un paraíso y no puedan entender las diferencias.

Wednesday, March 16, 2011

Sutinib malate y un cangrejo atrapado

Muchos días sin escribir. Por problemas de conexión a la red que nunca faltan ni en los países más civilizados y por una leve angustia que me tenía trabadas las palabras. En Colombia se conoce como silencio administrativo, ese que poco tiene que ver con lo que expresamente contempla la ley, pero que usamos tan a menudo para excusar diplomáticamente la espera por una sentencia  o una retaliación de tipo sentimental. Así somos los colombianos. Haciendo malabares con las palabras para hacer de la vida diaria una fiesta.
Mi silencio administrativo sin duda tuvo que ver con el internet, pero más con no saber que decir esperando saber sobre los progresos en la erradicación del cangrejo del nuestro Papá. En estas cuatro décadas de existencia que ya tengo es un hecho que me trabo, me aíslo, me silencio y descargo mis energías en las exigencias de la vida diaria y el trabajo para acabar con las horas de espera más rápidamente.  Hoy sabemos que después de la última sesión fotográfica del cangrejo, el animal se está muriendo de hambre y no se ha reproducido. El alacrán azul de Cuba lo tiene encapsulado.  El hechizo del “sutinib malate” (1) y la oración familiar de las seis y treinta de la tarde  están funcionando.

El pasado domingo en mi casa los relojes se adelantaron una hora como siempre al llegar la primavera. Nos cuesta un par de días acostumbrarnos a levantarnos sin la luz del sol y verla irse tarde por la noche. Los árboles florecidos nos tienen los ojos irritados, las vías respiratorias inflamadas y el cerebro congestionado. Aunque sucede cada año es un placer ver salir los distintos tipos de flores en el mismo orden cada vez como obedeciendo una apretada agenda celestial que dicta que se hace cada semana en la primavera. La temperatura ya nos hizo guardar los gorros, guantes, medias de lana y abrigos pesados. Los parques ya están llenos de niños y los caminos peatonales con gente en bicicleta, caminando, trotando. Como bien se dice nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde y en esto de disfrutar moderadamente el cambio de estaciones en Georgia es un goce extrañar el sol mientras se aleja en el invierno. Una estación se pierde cada cuatro meses pero con la garantía de que vuelve justo cuando más la estamos extrañando. Ojalá así fuera todo en la vida.
Mayaté en su nuevo hogar todavía recibe copos de nieve. Los vientos de Chicago prometen recordarles durante todo el año que su familia está más cerca al polo, a los lagos del norte y que eso tiene sus consecuencias. Pero entre viento y nieve ella ya está entrenando para su “Teretón pro- Chema”.  Viste de naranja todos los viernes para crear conciencia sobre la existencia del cangrejo renal que atacó a mi Papá y ayuda a otras víctimas alrededor del mundo a erradicar el animal. Tiene ya una amiga en Inglaterra luchando contra el mismo cangrejo que se toma sus pastillas como Papá a las seis y treinta de la tarde con la esperanza de que nuestra fe la cobije y se mejore.  Quiera Dios que así sea.
El pasado sábado Mayaté corrió con su niña la primera maratón de entrenamiento.  Orgullosos estamos todos nosotros de semejante progreso. No sólo llegó veinte minutos tarde a la salida (que según ella cual partidor de caballos en hipódromo) sino que fue tal la furia que corrió como una gacela y llegó a la meta en una posición bastante decente. Tienen ustedes que imaginarse por favor a nuestra Mayaté diciendo repetidamente su grosería favorita mientras corría, a nuestra Rebe persiguiéndola con el cachete incendiado de calor rogándole que fuera más despacio y la sorpresa de ella misma de verse llegar a la meta sin desmayos y dichosa. El que diga que un espíritu convencido no lo puede todo es un mentiroso.
 A través de la Asociación del Cáncer de riñón ya tenemos implementada una página para recolectar oficialmente los fondos que todos ustedes nos han ofrecido. Se me hincha este corazón de recordarlo y me faltan como siempre suficientes palabras de agradecimiento.


Nuestro Chema está mejor.
Qué felicidad poder decirlo.
Ese cangrejo que osó instalarse en su riñón es considerado el más hipócrita de todos. Se queda completamente callado hasta que envía a sus hijitos a estudiar al exterior y pedir residencia en otros órganos.  Pero a diferencia de otros y para perdonar su timidez maldita, es el único cangrejo que al sentirse atacado da la orden mágicamente a su descendencia desterrada de retirarse y desaparecer. Ese es hoy nuestro caso.
Un milagro sin precedentes con tan sólo dos meses de haberse iniciado el tratamiento.

Saturday, February 26, 2011

De caballos y cangrejos...

Viviendo lejos se da uno cuenta de muchas cosas. No sólo de que no se sabe lo que se tiene hasta que se pierde sino de las particularidades de la cultura en qué crecimos.
Nuestros amigos latinoamericanos nos han preguntado muchas veces a qué se debe la relación lingüística de los colombianos con los animales. El infiel es un perro, el chismoso un sapo, el atento está abeja, el ocupado tiene mucho camello, la fea es un bagre, la esposa una culebra,  las “otras” unas lobas o gatas y el que no entrena para la maratón puede hace el “oso” como mi hermana. Aquí estoy yo también escribiendo de Chema y los cangrejos cuando nadie puede imaginarse a nuestro Papá sin pensar en los caballos.
Don Leo fue el último caballo que montamos juntos antes de que yo me fuera con mi Pecado a vivir lejos.  De sangre Argentina y color chocolate lo vi jugar alrededor de Chema como juega un perro con su amo pidiendo comida. Como su papá Don José Luis Buendía, a quién le decían el Señor de los caballos,  Chema heredó el don de leer el espíritu de esos animales.  No es un aficionado más, un equitador, un importador de caballos. Es un hechicero del que aprendí las cosas más importantes de la vida por andar persiguiéndolo entre cuatro cascos. Me enseñó a montar, se burló de mí, me gritó siempre (y no me importó), me quitó el miedo, me exigió hasta el cansancio, me mostró lo valiente que puede ser un hombre y lo vulnerable.  Me hizo montar uno tras otro, tras otro caballo. Y así con el mismo fervor me he ido yo por la vida ensillando, montando, domando y saltando obstáculos. He quedado por demás igual de “cacheticolorada” y satisfecha con mis decisiones y equivocaciones. Tan felíz como mi Papá y yo quedábamos al ganar una escarapela, o al tomarnos unas cervezas coronas frias, con sal y limón directamente importadas del baúl de nuestro carro.
Chema creció en una casa grande sobre la Avenida Caracas con un patio enorme en donde estaban los caballos. Era el hotel de la familia. Su Papá Don José Luis venía de Campo Alegre, Huila  y con su mamá María Teresa (por quién Mayaté lleva su nombre)  tuvieron a Chema y sus ocho hermanos.  Los tragos y los cigarrillos que jamás se fumó Don José Luis, fueron adjudicados y bien disfrutados por el protagonista de esta historia. No vayan a creer que estoy diciendo que es esa la razón por la cual Chema se ganó sus cangrejos. No. Ni siquiera. Ojalá fuera tan sencillo poderle echarle la culpa a ese par de adicciones.  El cangrejo llegó de lado con hipocresía por la razón que siempre llega. Porque como en todos nuestro cuerpo está predispuesto y por un poco más de esto o menos de aquello que nadie precisa.
Mientras Don José Luis se dedicaba a la sastrería, importando paños ingleses y viajando alrededor del país a visitar a clientes para hacer trajes sobre medidas,  Teresita se dedicaba a la repostería en  la “Panadería y Bizcochería Tropical” (predecesora del actual Barrilito) en la Calle 17 # 52-36. Para ese entonces Chema ya daba muestras de su talento comercial revendiendo los huevos campesinos que  debía llevar a la panadería de su mamá cuando por supuesto, no se le reventaban por el camino. En carro de balines iba también a vender biscochos, pero la posición de conductor, almacenamiento del producto y velocidad del transporte se los dejamos a la imaginación de nuestros lectores.  
La Chistosa se llamaba la yegua que Chema montaba de niño. A caballo se iban para la finca todos los fines de semana con sus padres y hermanos en un viaje de casi dos horas. Pero fue la Ninfa la yegua que le empezó a hacer famoso en materia caballos. Le pertenecía a Don José Luis y nadie, absolutamente nadie tenía permiso de montarla. Era una yegua paso fino briosa que Chema osó robarse un día mientras sus papás estaban en una fiesta.  En complicidad con sus hermanos fue pescado “in fraganti” en la comisión del delito y cuando sabía que lo único que podía ganarse después de semejante atrevimiento era una paliza, su Papá orgulloso lo felicitó y le concedió el privilegio de compartirla.
Años más tarde diría yo en sus treinta Chema, siendo ya el padre de sus hijas, compró con el fruto de su trabajo a Don Chema, su primer caballo de salto.  Desde entonces ha tenido más de veinticinco y y de Argentina ha importado casi trescientos. Son trescientos sus clientes y amigos que le han confiado a sus talentos la consecusión de sus equinos. Yo en Estados Unidos no he podido volver a montar. No sólo porque los recursos económicos nos son suficientes para darnos ese lujo  sino porque acariciar una crin sin ver a través los bigotes de Chema no tiene para mi sentido alguno.
Éramos él y yo. Un padre y su hija del medio, hablando un lenguaje llamado caballo. Mi mamá y mis hermanas todavía no lo entienden…
Quiera Dios que en este mundo etereo donde las ilusiones son bálsamo, que el espiritu de esos animales que montó Chema y que ahora galopan en el cielo, aplasten con sus cascos los cangrejos.